jueves, 12 de diciembre de 2013

Con la realidad a cuesta

Si intentas disimular tus debilidades, sólo retrasas la caída.

Con la realidad a cuesta
@morguefile
En algún lugar escuché decir que cuando ves a alguien por última vez no sabes si volverás a verle, pero cuando lo ves por primera vez, tú decides si le quieres volver a ver. Esa es una verdad indiscutible, es la consecuencia natural de las relaciones. Nosotros marcamos el rumbo o la fortaleza de un vínculo, y muchas veces lo hacemos como resultado de la primera impresión. Porque allí se ve todo, cada cual viaja con la realidad a cuesta

Es fácil percibir si una persona está feliz o deprimida, se nota en su forma de mirar, en sus movimientos, en las palabras que utiliza. La sombra que proyecta uno a su alrededor cuando le iluminan los ojos de los demás, es toda su realidad la que se manifiesta.

La integridad de cada individuo está implícita en su forma de ser, en su forma de relacionarse, en su forma de demostrar aprecio o gratitud, por lo tanto no se puede explicar con palabras. Los demás lo ven a simple vista y va más allá del comportamiento que a veces se finge para conseguir una recompensa social por los actos, tan necesaria como tan efímera.

Los conocimientos y la experiencia también forman parte de la personalidad de cada individuo. Y bien gestionados pueden resultar una eficaz herramienta para conseguir los propósitos personales o para fortalecer las posibles debilidades. En lo profesional, el conocimiento es la marca de cada individuo, un emblema que viaja en la propia persona, que trasluce de forma natural las virtudes, haciendo inútil incidir en ellas: todos las perciben y las aprecian. Resulta por ello patético cuando un inepto finge saberlo todo por conseguir una migaja de reconocimiento artificial. No vale de nada empeñarse en explicar los conocimientos de uno mismo, ni en alardear sobre la experiencia, porque el que sabe lo sabe y el que no, el tiempo lo delata. 

El mejor termómetro para medir el conocimiento de una persona es su comportamiento. Muchos caen en el error de extenderse sobre sus conocimientos o sus manejos de este o aquel tema, intentando que la otra persona, receptora de sus mensajes verbales, los conozca a través de las palabras. Sin embargo, olvidan que esa integridad personal se trasluce en los movimientos, las expresiones y en el silencio.

No hay peor entrevista que aquella donde el entrevistado se empeña en aportar apreciaciones complementarias a todos los temas que se le plantea, como si los conociera al dedillo, olvidándose de escuchar el ámbito de interés, los resultados esperados o las condiciones de ejecución. Esa es la mejor forma de cosechar un rechazo paulatino del interlocutor hacia el sabelotodo.

Toda persona debe ser consciente de su propia fortaleza, sólo así puede expresarse con propiedad sobre sí mismo. La bolsa de fortaleza personal está conformada por tres factores que deben convivir armónicamente, como son: la experiencia obtenida durante la ejecución de las tareas profesionales, los conocimientos adquiridos para garantizar el dominio del elemento y el entorno personal donde se manifiestan las dos piezas anteriores. Por todo ello cabe decir que las personas viajan a todas partes con su realidad a cuesta, y por mucho que se empeñe por disimularla, los hechos acaban siempre poniéndole en su sitio.

Toda esta exposición se debe a un encuentro fortuito que tuve con una persona, que en el pasado trabajara en mi empresa en el área de ventas. Una semana después de contratarle desapareció con todo el paquete de nuestros catálogos. Meses más tarde puso en marcha una iniciativa muy similar a la nuestra; tanta era la similitud que se presentaba ante sus posibles clientes con los catálogos que nos había sustraído. No se cuánto tiempo duró aquella aventura, ni cuánta gente sucumbió a sus ofertas, pero si sé a ciencia cierta que, como profesional, no quiero volver a verle.