viernes, 13 de diciembre de 2013

El éxito ajeno siempre deslumbra

Intentar imitar a un triunfador es empezar a fracasar.

El éxito ajeno siempre deslumbra
@morguefile
Puedo afirmar, sin miedo a equivocarme, que el éxito es la obsesión más violenta del ser humano. En cualquiera de sus manifestaciones, bajo cualquier ideología o creencias, al abrigo de cualquier sociedad, toda persona con juicio busca, de algún modo, triunfar.  A todo esto hay que agregar que el éxito ajeno siempre deslumbra.

Ahora bien, en esa carrera sin descanso hacia el triunfo, debemos aprender a rentabilizar los recursos derivados de nuestra propia experiencia. Es crucial saber escoger los mensajes para crear un mapa de conocimientos capaz de guiarnos por el mejor trayecto. 

Es por esa razón por la que a veces cuestiono que los medios prioricen noticias sobre los triunfadores, porque eso, a mi entender, contribuye a crear una falsa atmósfera de posibilidades que muchos pretenden conseguir. Sin embargo, el éxito ajeno es imposible alcanzar. 

Nada es fácil, y si hemos de nutrirnos de fortalezas ajenas, menos aún. Imaginemos que nos dan a elegir entre dos cabinas de charlas. En una diserta un exitoso hombre de negocios que ha creado una única empresa, consiguiendo volverse millonario con ella. Acertó con la estrategia, el mercado, el perfil de cliente y no sufrió ningún desfallecimiento en su imparable ascenso. En la otra cabina habla un empresario que ha puesto en marcha 10 empresas, 9 de ellas cerraron a pesar de mostrar síntomas de poder aguantar los latigazos del mercado. Aunque el última sigue en pie, evidenciando posibles beneficios.

Si escogiésemos voluntariamente la mejor cabina para asistir, ¿cuál escogeríamos? Naturalmente, 99 de cada 100 participantes escogería la charla del hombre exitoso. El ser humano por naturaleza siempre busca el camino más corto al éxito, como en cualquier otro ámbito de la vida. Por lo tanto alguien que ha puesto en marcha un negocio, con el consiguiente éxito sin parangón, pareciera la mejor referencia para aprender a triunfar. Nada más lejos de la verdad.

No se trata de prescindir de lo que pueda decirnos alguien que ha triunfado a la primera, porque eso no sería sensato. Simplemente hemos de medir la calidad de la información que pueden aportar estos dos perfiles para poner en marcha nuestra iniciativa. Como ya dijimos antes, el ser humano por naturaleza tiende siempre a buscar el camino más corto al éxito. No es una equivocación, sino una tendencia natural. Así ha sido siempre, y todo está vinculado a las características del éxito que se busca, lo cual, a su vez, está relacionado con el tamaño de la ambición de cada individuo. 

En realidad medir el éxito es imposible, es como intentar definir el universo, nunca sabríamos con exactitud por dónde empezar. Pues aquí igual, habrán personas que midan la unidad de los pequeños logros, otras el conjunto de los pequeños logros, otras el conjunto de los conjuntos de los pequeños logros. Teniendo en cuenta que por naturaleza siempre buscaremos la manera más corta para recorrer la distancia de un punto a otro, cabe reconocer que entre las dos alternativas de charla siempre llamará más la atención la del hombre de éxito. Sin embargo, si pretendemos nutrirnos del aprendizaje más diversificado, quizá sea más recomendable acudir a la charla de quien ha probado el sabor del fracaso tantas veces.

Utilizar como referencia la experiencia de alguien que ha estado inmerso en diversas iniciativas sin éxito, resultará mucho más gratificante que hacerlo con alguien que sólo ha puesto una actividad y ha conseguido triunfar. ¿Por qué? Debido al escaso bagaje del emprendedor exitoso nunca sabremos si ha acertado de lleno con sus planteamientos o si su éxito se debe sólo a un accidente del mercado que le ha favorecido. Dicho de otro modo, no podremos aprender nada sustancial de su experiencia. Incluso diría más, un camino hacia el éxito sin contratiempos es completamente engañoso e imposible de imitar. No ofrece parámetros para medir la resistencia de la iniciativa a los momentos de crisis, no aporta datos de valor para determinar qué habría pasado si las cosas se empezasen a torcer, qué camino habría seguido. Es natural que anide la admiración en torno a este tipo de iniciativas, porque el triunfo es deslumbrante, genera incondicionales, alienta a la inmediata imitación. Sin embargo, ese éxito deslumbrante es inimitable, es como un jugador de fútbol que marca un gol por la escuadra. Ese gol ya no lo marcará nadie, muchos lo podrán intentar, algunos conseguirán algo parecido, pero ese gol es propiedad exclusiva de quien ha marcado primero, siquiera él mismo podría repetirlo si lo volviese a intentar.

La perspectiva cambia cuando se toma como referencia el contenido de proyectos que no han fructificado, o que sólo han cosechado éxitos puntuales. Porque la estela de ese tipo de emprendimientos ofrece varías vías de aprendizaje, aporta datos sobre los fallos a evitar. Estudiar paso a paso los procedimientos, analizar los motivos del fracaso, ayudarán a mejorar las estrategias de acción de camino al objetivo. Podremos aprender cómo sobrevivir a los momentos críticos, qué sentimientos afloran con el fracaso, cuáles son las consecuencias de no conseguir los resultados esperados. En definitiva, escuchar a un empresario que ha estado en mil batallas, nos ayudaría a entender los posibles contratiempos, a asimilar mejor las emociones, encontrar el camino idóneo para avanzar evitando las rutas peligrosas que nos llevarían a caer en su mismo error.


A veces la necesidad de conseguir resultados inmediatos nos lleva a tomar decisiones precipitadas. No es bueno intentar imitar una iniciativa sin historia, porque no concede una ruta de escape, impide observar con perspectiva. Si alguien quiere aprender a convivir con el éxito, debe prepararse para vivir con el fracaso.