lunes, 5 de agosto de 2013

Matar con cuchillo de palo

Sonreír para apuñalar por detrás.


imagen de FreeDigitalPhotos.net
Matar con cuchillo de palo, es una expresión muy típica de Paraguay, al menos fue donde la escuché con frecuencia. Debo admitir que no soy capaz de explicar su acepción literal, pero diré que se utiliza cuando dos personas entablan una relación y una de ellas manifiesta su compromiso incondicional con ese vínculo pero, a escondidas, hace todo lo posible por estropearlo. Sonríe mientras apuñala por detrás. Es amenazar con matar a puñaladas estando en posesión sólo de un cuchillo de palo, algo que el amenazado desconoce, lo cual es suficiente para atemorizarle. Para entenderlo en nuestro idioma, es como cuando Mariano Rajoy dijo que no tocaría los impuestos y acabó subiéndolos hasta lo indecible. Nos enseñó una cosa mientras decidía hacer otra. O como demuestran datos más recientes; se les proporcionó a los ciudadanos el compromiso de que todos pagaríamos los impuestos sin excepción y las grandes empresas acabaron pagando menos de la cuarta parte de lo que debieran. Es decir, pasaron de pagar a las arcas públicas 12.673 millones en 2006 a 3.012 millones en 2011. Sin embargo a mí, como a muchos votantes de a pie, la Agencia Tributaria me embargó la devolución de este año por una pequeña deuda que tenía con la Administración por el proceso de una empresa que hemos cerrado hace ya dos años. No estoy intentando eludir mis responsabilidades, simplemente asumo la desigual disposición con bastante mala leche.

Eso es matar con cuchillo de palo. Es la transfiguración de la realidad, como intentaba explicarse en estos días Roman Weissmann, sin conseguirlo por cierto, en su Carta al Director del diario El País refiriéndose a la factura de la luz, donde decía literalmente: “del total del importe de la factura, solo el 46% se debía a consumo real, el restante 54% son impuestos y otros recargos”. Lo mismo ocurre con la factura del teléfono y con tantas otras cosas tan fundamentales para sobrellevar el día a día. Por alguna razón nos hemos acostumbrado a que los prestidigitadores nos tiendan una mano amiga mientras con la otra hurgan en nuestros bolsillos con total naturalidad. ¿Tenemos que creérnoslo todo? No lo sé, pero que alguien me explique el significado de lo siguiente: el día 5 de agosto leía este titular en los periódicos, “La constructora FCC pierde 607 millones lastrada por Alpine y las renovables”, sin embargo, unas horas después, el mismo día, este otro, “Falcones recibe 7,5 millones como indemnización por su cese en FCC”. Me acusarán de populista o de charlatán, pero es indigno ver estas cantidades mientras algunos viven sin agua, sin luz, sin teléfonos, porque no pueden pagar las facturas. Al parecer sólo los ciudadanos de a pie deben cumplir con sus obligaciones, así lo demostraba este otro titular de estos días, “la banca ignora casi todas las quejas de los clientes aunque tengan razón”. Mientras unos suben, otros bajan.


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En fin, no quería acabar este recorrido malhumorado por la realidad sin referirme a la misma frase, pero aplicada en nuestro entorno más cercano, en nuestros círculos más inmediatos. Una persona me contó que elaboró un gran proyecto, pero no tenía contactos para llegar a las instituciones que podían financiar su iniciativa. Así pues, recurrió a lo de siempre: entregó su propuesta a una tercera persona, con la firme convicción de que sería bien representada ante el posible benefactor. Pronto se dio cuenta del error. Su propuesta sólo sirvió para abrir una puerta de la oportunidad a la persona que la representaba. Es decir, sólo sirvió para que su representante, que había conseguido llegar hasta el inversor arrebujado en la calidad del proyecto de mi confidente, presentase sus propias propuestas. En estos casos, los hechos se explican solos.