sábado, 4 de enero de 2014

Nada es definitivo

A pesar de la fuerza de la marea, no debe arrastrarnos la corriente del pesimismo.


Nada es definitivo
@morguefile
Ha llegado el momento de tener Interés Productivo. Alguien dijo una vez que nuestros padres lucharon sin descanso para darnos todas las cosas que ellos nunca habían podido tener, pero aunque nosotros luchemos hasta la extenuación no podremos dar a nuestros hijos nada de lo que tenemos ahora. Ese es el contraste de dos generaciones marcadas por la crisis económica. Pero nada es definitivo.


Cada vez es más habitual sentir cómo ese puesto de trabajo que tanto anhelábamos nunca llegará, la butaca que tanto perseguíamos quedará vacía.  Es verdad que un poco pesimista, pero actualmente es casi una obligación convivir con las desgracias o las injusticias. La sociedad que recordaba de hace 20 años ha desaparecido, no queda ni rastro de los valores que prevalecían entonces, de los derechos que todos defendíamos, de las obligaciones que todos respetábamos. Incluso las promesas de entonces son las desgracias de ahora. Los incentivos sociales que hipotecaron el futuro de muchos jóvenes, especialmente estudiantes que se volcaron hacia las carreras más prometedoras, se encuentran ahora masticando ese gran desengaño en la cola del paro o en la estación del tren para emigrar.
 


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Todo ese esfuerzo por convertirse en profesionales insuperables, lo deben entregar hoy en día por un pedazo de pan en cualquier ocupación. Así algunos médicos se convirtieron en taxistas, los ingenieros se volvieron profesores a tiempo parcial, los científicos huyeron en busca de oportunidades en otros lugares, renegando de esta sociedad donde algunos han asumido un particular compromiso con la corrupción y la mentira.

Sin embargo, ese panorama desolador para algunos, prometedor para los más espabilados, plantea una gran pregunta: ¿ha llegado el momento de rendirse y de conformarse con lo que hay? No. Rotundamente no. Es verdad que la crisis económica está mascando los mejores trajes, arañando las mejores viviendas, escupiendo veneno en las carreras más prometedoras. Pero de rendirse nada. He oído un sinfín de veces mentarse el proverbio chino que dice que en toda crisis hay oportunidades. Ésta es una verdad inquebrantable. Son muchos los que se encuentran atrapados en la desgracia y vislumbran un porvenir completamente nefasto. Pero no deben olvidar que los caminos pedregosos también conducen por campos fértiles para el cultivo.

Es natural, con los tiempos que corren, enredarse en el desaliento. La decepción es un veneno que corroe la voluntad del individuo, y mal gestionado, inutiliza el motor de arranque para ponerse en marcha. Ningún infortunio, por más definitivo que parezca, supone el final del camino, ni siquiera es el más importante, ya que simplemente deriva de no conseguir lo que se busca o de no tener lo que se desea. Por lo tanto, nada definitivo en la vida de las personas. La decepción es dolorosa, pesada de sortear, y si nos la encontramos en momentos de debilidad, puede convertirse en una barrera infranqueable que impide ver la luz.


¿Quién no se ha decepcionado alguna vez? Por amor, por amistad, por dinero. Todos hemos saboreado su veneno en algún momento. La decepción produce cansancio, aleja de la realidad, simplifica los objetivos y crea el conformismo instalando a la persona en el engañoso recurso de intentar mejorar presentándose como víctima. Nada más lejos de la realidad. Tal como nos viene debemos tener la capacidad de sortearlo. Ir de víctima es un error, porque produce fatiga en las demás personas y a la larga estaremos propiciando que se alejen de nosotros en lugar de acercarse.