lunes, 10 de febrero de 2014

El acoso no tiene sexo

"Me acosa, pero me aguanto". Mucho hemos leído y oído sobre el acoso en el trabajo pero, hasta que no lo padecemos, es fácil mantenerse a distancia. Aunque el acoso no tiene sexo, en el sistema de valores que rige esta sociedad, particularmente diseñado por mandos masculinos, es más habitual encontrarnos con mujeres que son acosadas durante el ejercicio de sus tareas remuneradas. Por desgracia, ésta no es una realidad exclusiva de las trabajadoras, ya que los hombres también padecen el acoso y la impertinencia mientras se desempeñan en sus compromisos laborales. 

El acoso no tiene sexo
@morguefile
En estos días, por mera cualidad, he asistido a dos casos de acoso que afectaban a una teleoperadora y un empleado de una tienda de ropas. La similitud del trato recibido, me permitió elaborar una lista de 5 hechos comunes descritos por ellos como si los hubiesen vivido al mismo tiempo, en el mismo lugar y de la misma persona. Sin embargo no era así, las dos personas afectadas ni siquiera vivían en la misma ciudad.
 Por ilustrar mejor esta situación, observemos los siguientes cinco puntos.


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1. Observación indiscreta. Al parecer el momento más álgido lo vivían mientras se cambiaban de ropa para empezar el turno o al acabarlo. Cualquiera puede imaginarse la incomodidad al ser observado en su momento de plena intimidad. Es difícil mantenerse pasivos en esa situación, sobre todo teniendo en cuenta que la base de esa presencia es contractual, y no tiene nada que ver con compromisos afectivos ni acuerdos sentimentales.

2. Exposición inapropiada. La situación inversa es tan incomoda como lo comentado en el primer punto. Si alguien se desnuda deliberadamente ante sus trabajadores, la decencia queda en muy mal lugar. Esa exposición inoportuna desvirtúa los valores adquiridos con el compromiso laboral. Asistir a un escenario donde los jefes se exponen sin tapujos, crea es un compromiso de cercanía muy incomodo que el trabajador o la trabajadora no están acostumbrados a asumir.

3. Difícil desahogo. En los dos casos, los afectados se desahogaron con el médico de cabecera, cuando acudieron a pedir la baja por depresión. La falta de apoyo y, en muchos casos, de credibilidad consume la confianza de las personas. Lo más habitual es encontrarse en un callejón donde es casi imposible comentarlo con nadie, por el miedo a recibir una respuesta incrédula. Lastimosamente, esta situación no tiene ningún valor para alguien que no la padece, por lo tanto, es más fácil frivolizar sobre los hechos que prestarle atención y ayudar.

4. Ataduras económica. La situación personal, más drástica con la crisis actual, suele determinar el rumbo que va seguir casa individuo afectado por esta situación. No es fácil tomar la decisión de dejar el trabajo cuando la necesidad es acuciante y el mantenerse o no en ese puesto lo determina todo. Lógicamente, seguir en el puesto de trabajo es exponerse a continuar con el padecimiento, y si la persona no tiene una estructura psicológica lo suficientemente fuerte, acabará pagando las consecuencias y el resultado puede peor que si se marcha a tiempo.

5. El maltrato. La última parte tiene mucho que ver con la actitud de la persona acosadora. El silencio del trabajador en términos legales o sociales, no suele esconder su rechazo, y la persona acosadora lo percibe y actúa en consecuencia. Al verse rechazada tensa la situación y pasa a asumir un comportamiento agresivo, aprovechándose de que la otra parte no puede dejar el trabajo o no tiene capacidad para tomar mejores decisiones.


Este es un somero repaso de algunos puntos comunes que he percibido de las dos personas acosadas en el ejercicio de sus labores. No quiere decir que sean los únicos, ni que describan por completo la realidad de esta lacra laboral, simplemente son los derivados de una manifestación desconsolada e impotente.


Este artículo fue publicado en Mujeres&cia el 01/10/2013