domingo, 1 de diciembre de 2013

La ciudad del vagabundo

Autora: Irene Herrero                                       Una colaboración para este blog

La ciudad del vagabundo

Érase una vez... un precioso y acogedor lugar llamado la ciudad del vagabundo. En sus calles se hospedaban mendigos por miles. No poseían más que sus propios principios y un hatillo rebosante de recuerdos dolorosamente vacíos.


Aquella ciudad era asombrosamente extraña, pues sólo allí se permitía casa y comida a todo aquel que realmente lo necesitara. El alcalde del lugar se ocupaba personalmente de distribuir los víveres y viviendas a todos sus habitantes, para que su estancia fuera lo más digna y agradable, dadas las deplorables condiciones en las que llegaban. Era tan caritativo, que incluso compartía su propia comida con los más hambrientos. Quería devolverles la autoestima perdida en otras ciudades que los habían despreciado y humillado en cada una de sus calles. Su cobijo habían sido las estrellas y una raquítica manta que dejaba al descubierto los pies ateridos por el frío y el relente de la noche. El día era interminable y la soledad quemaba el alma. Deambulando por las calles y sin comida, apenas les daban para un café, la mayoría.

Algunos no se atrevían a pedir. Sentían vergüenza de verse en aquella situación denigrante, después de haber trabajado durante años en empleos decentes que por circunstancias de la vida, los dejaron en la calle. Una botella de agua mezclada con azúcar era su vida en aquel peregrinar errante entre la soledad del bullicio.

Sin embargo, aquellos vagabundos estaban tan agradecidos con su nuevo alcalde, que se dedicaron a cuidar las calles con tal mimo, que llegó a ser premiada como la ciudad más limpia y caritativa del mundo. Sus jardines eran los más hermosos y floridos, todo un vergel.

Su fama se extendió tanto, que venían de todas las regiones a conocer la ciudad y a su alcalde. Y un buen día, los medios de comunicación allí congregados le preguntaron el por qué de aquella inusitada caridad.
-Mire Ud. -le respondió el alcalde al periodista que cubría la noticia-, yo he sido vagabundo y sé lo que significa mendigar en una ciudad donde los que realmente te pueden ayudar, te dan una limosna para un café. Pues bien, un buen día, una de aquellas monedas sirvió para que me tocase la lotería. Y el dinero lo empleé en ayudar a gente como yo, vagabundos del asfalto...

A veces, un pequeño recurso bien intencionado, resulta milagroso...
Y colorín, colorado...




Esta es una colaboración para este blog. Por lo que extiendo mi agradecimiento a Irene por habernos enviado este trabajo.