miércoles, 5 de febrero de 2014

La desfachatez individual


La desfachatez individual
@morguefile
Cuentan que un trabajador noruego talaba árboles en un bosque para una empresa privada. Unos españoles se acercaron a preguntarle si la ausencia de vigilancia de un superior no le tentaba a relajarse y a ocuparse con más calma de sus tareas. El noruego se quedó mirándoles perplejo. “¿En España hacen eso?”, les preguntó. “Yo no necesito un supervisor para realizar mi trabajo debidamente. Soy responsable de lo que hago y de cumplir con lo que debo”, afirmó el noruego. ¿Es este el motivo de nuestros males sociales? ¿La desfachatez individual, que permite eludir nuestras responsabilidades? Muchos dirían que sí.

Con motivo de mi artículo titulado ¿tiene límite la desfachatez?, han surgido dos cosas, una es la historia de este trabajador noruego que aportó alguien al comentar el artículo en Linkedin, y la otra, amplía la desastrosa realidad social derivaba de la crisis y de la apatía política.


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Lo segundo nos lleva hasta un empresario cuyos hijos comparten colegio con los míos. “No tuve más remedio que hablar con el Director”, me dijo hace dos días. Solicitó que sus dos hijos fueran admitidos en el comedor del colegio, pero liberados de la cuota preceptiva. “En casa ya no tenemos nada que darles”, dijo. El centro lo acogió en el comedor desde ayer, por expresa solidaridad del Director del colegio. ¿Es esto justo? No, de ninguna manera. Este empresario llevaba 24 años cotizando religiosamente como autónomo. Ahora no tiene derecho a ninguna prestación, por una frivolidad sorprendente: debe estar, al menos, un año apuntado en el paro para poder optar a una ayuda mínima de parte del Estado. Al parecer todos los plazos en la gestión administrativa están en torno a los 12 meses.

Naturalmente, todos tenemos nuestro grado de responsabilidad en el escenario social actual. Éstos son los políticos que nos gobiernan y, queramos o no, nosotros hemos hecho posible que lo hicieran. Cuanto más tiempo quedemos pasivos, más grande será la brecha entre las personas, entre los ciudadanos. Es necesario olvidarnos de algunas malas costumbres, como:

No admitir críticas desluce la razón. Todos, por naturaleza, tendemos a defendernos cuando una observación ataca nuestra forma de actuar, aunque no tengamos razón. Pero tener capacidad para hacer autocrítica es vital en los tiempos que corren. 

Ser incondicional deteriora la libertad. En cualquier ámbito de la vida, la incondicionalidad impide a la persona a reaccionar con objetividad. Ser incondicional de un partido también debe conllevar crítica, defensa de los derechos... 

La honestidad cambia las injusticias. Interpretar con honradez aquellos valores que benefician a la mayoría, ayuda a luchar por el cambio. 

El silencio beneficia a los desalmados. Muchos interpretan ese silencio como anuencia de sus actos, por lo tanto se consideran habilitados para seguir vulnerando las leyes y los derechos sociales. 

La perversión ajena no justifica la maldad de uno. Ver a los demás corrompiéndose no significa que nosotros también debamos hacerlo, sino todo lo contrario. 

Un cambio de políticos no significa un cambio social. Cuando está cerca la posibilidad de participar en la elección, hemos de saber escoger. Si los nuevos gubernantes vienen cargados de compromisos políticos del pasado, no tienen nada que aportar al cambio.

Con todo esto, hay al menos dos cosas que no podemos permitirnos como ciudadanos responsables: decir “esto no podremos hacer porque no nos van a dejar hacerlo”, y desistir, es un desatino imperdonable. Conformarse con pensar que “ya hay gente luchando”, y no aportar nada, también es un craso error.  

Nota. La historia del trabajador noruego se la debo a Luís María Casado Ruíz, que ha tenido a bien comentar mi artículo anterior en Linkedin. Gracias.